
Una semblanza de García Márquez periodista, por José Salgar, a quien Gabo ha llamado reiteradamente, su maestro. Salgar fue su jefe de redacción en El Espectador hacia 1956. "El maestro" estará hablando de sus experiencias el próximo miércoles 28, a partir de las 10 h. en Casa de América (Madrid).
GABO
El reportero
Antes de ser conocido como escritor, García Márquez había sido el cronista estrella de 'El Espectador' y uno de los periodistas más importantes del país.
Hay una línea directa entre el Gabo que hace 54 años llegó a El Espectador y comenzó a transformar el periodismo de entonces, y el Gabo de hoy, que sigue en su tarea de guiar a nuevos profesionales en géneros de comunicación adaptados al instante y al futuro. En aquel 1953 el joven caribeño, ya con buena formación literaria adquirida en Zipaquirá, Bogotá y Cartagena, entró a trabajar como reportero a una acalorada redacción de otros jóvenes, poco mayores que él, convencidos de estar haciendo el mejor diario del mundo.
En sus memorias dice que encontró obstáculos, pero fue al contrario. Con su desaforada imaginación y su esforzada disciplina entró, como los toreros, a templar y a mandar. Estaba en la mitad de dos tendencias, la de creación literaria, encabezada por Eduardo Zalamea Borda, y la del periodismo de choque del jefe de redacción y los reporteros angustiados por la inmediatez y la verdad. Gabo, con el pretexto de torcerle el cuello al cisne, convenció a los Cano, dueños y directores del diario, de la importancia de fusionar literatura y periodismo. Su máxima demostración fue la de convertir la noticia muerta de un náufrago que al salvarse habló más de la cuenta, en una joya de nuevo periodismo. En 18 meses de duro trabajo en aquella redacción, Gabo puso en plataforma el realismo mágico y los malabarismos idiomáticos que lo llevaron al premio Nobel, después de casarse con Mercedes. Sigue
El reportero
Antes de ser conocido como escritor, García Márquez había sido el cronista estrella de 'El Espectador' y uno de los periodistas más importantes del país.
Hay una línea directa entre el Gabo que hace 54 años llegó a El Espectador y comenzó a transformar el periodismo de entonces, y el Gabo de hoy, que sigue en su tarea de guiar a nuevos profesionales en géneros de comunicación adaptados al instante y al futuro. En aquel 1953 el joven caribeño, ya con buena formación literaria adquirida en Zipaquirá, Bogotá y Cartagena, entró a trabajar como reportero a una acalorada redacción de otros jóvenes, poco mayores que él, convencidos de estar haciendo el mejor diario del mundo.
En sus memorias dice que encontró obstáculos, pero fue al contrario. Con su desaforada imaginación y su esforzada disciplina entró, como los toreros, a templar y a mandar. Estaba en la mitad de dos tendencias, la de creación literaria, encabezada por Eduardo Zalamea Borda, y la del periodismo de choque del jefe de redacción y los reporteros angustiados por la inmediatez y la verdad. Gabo, con el pretexto de torcerle el cuello al cisne, convenció a los Cano, dueños y directores del diario, de la importancia de fusionar literatura y periodismo. Su máxima demostración fue la de convertir la noticia muerta de un náufrago que al salvarse habló más de la cuenta, en una joya de nuevo periodismo. En 18 meses de duro trabajo en aquella redacción, Gabo puso en plataforma el realismo mágico y los malabarismos idiomáticos que lo llevaron al premio Nobel, después de casarse con Mercedes. Sigue










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